Montapollos: la crispación inconsistente tenía un precio
Montapollos: la crispación inconsistente tenía un precio
En algun momento de los últimos meses, una de les caras visibles de la política española, representante de Ciudadanos, fue bautizada en las redes sociales como la «Montapollos». Los medios de comunicación convencionales también se hicieron eco de ello.
La monumental debacle de Ciudadanos en las últimas elecciones es debida, entre otros, a factores coyunturales. Podríamos destacar la reciente aparición en escena de Vox, que habría trastocado las rutinas de voto de los electores de derecha y de la extrema derecha. Pero dejando de lado estos factores circunstanciales, el monumental trompazo vendría a demostrar que, a pesar de ser rentable a corto y medio plazo, la crispación y la falta de coherencia, a la larga, pasan factura. Y a veces, las facturas son muy elevadas. ¿Cabría decir pues que estamos ante un enorme suflé desinchado?
La formación naranja nació en 2005, como una plataforma para defender los derechos de los castellano-hablantes en Cataluña. Aprovecharon un vacío importante en el panorama político catalán del momento. En aquella época, Convergència i Unió mantenía todavía un papel hegemónico, que venía de décadas. En lo que se refiere al PSC, que había sido durante todo aquel tiempo en la oposición, accedió a la presidencia de la Generalitat con el tripartito. La mitad más catalanista de este partido tenía la iniciativa en aquel momento ¡cómo han cambiado las cosas! Por su lado, el Partido Popular de Cataluña parecía tener más conexión con un pasado de unidad de destino en lo universal, que con la realidad catalana.
En aquel contexto y aprovechando el descontento evidente de una parte de la población que se sintió huérfana, Ciudadanos comenzó a aparecer en la escena mediática a base de magnificar los problemas entre el catalán y el castellano. La estrategia era simple: a pesar de que no existía una preocupación importante por tema de la lengua, el hecho de aparecer en los medios de comunicación, poniendo en entredicho uno de los pilares básicos del nacionalismo imperante les daba mucha visibilidad. Y daba a sus potenciales electores la sensación que, finalmente, alguien hacía algo, que “metía caña a los poderosos”. Éste fue el principio de la «política pollo». Era Ciudadanos contra todos.
Los «pollos» consisten básicamente en defender causas que no implicasen un trabajo concreto a corto plazo, pero que diesen mucha visibilidad mediática y provocasen crispación. La crispación sirve, simultáneamente, para dar una pequeña dosis de satisfacción a los descontentos y por otro, para atraer el morbo de los medios de comunicación y de las redes sociales.
En un primer momento, no se definieron desde un punto de vista ideológico. y tampoco su nombre indicaba ninguna inclinación concreta: ciudadanos. En un sistema democrático europeo ¿quién no es un ciudadano? Éste se convertía, por tanto, en el partido de todos los ciudadanos. Es a dir, el partido de todo el mundo.
Esta costumbre de ponerse nombres que lo quieren expresar todo, pero que no quieren decir nada concreto, parece una constante en los partidos de la llamada«nueva política». A menudo, ésta no es más que lo mismo de siempre con un nuevo envoltorio de marketing.
Pero en un contexto democrático, el partido de todo el mundo no existe. El partido de todos es el sistema mismo. Y dentro de este sistema, los electores pueden escoger una u otra opción. El partido de todos, paradójicamente, se convierte en un peligroso atajo hacia el Pensamiento Único.
Pero en el caso de Ciudadanos, este peligro no parecía existir. En un primer momento, el movimiento evitó definirse políticamente. Después, decidieron que, no solamente eran social-demócratas, sino que, al mismo tiempo, eran liberales! El último capítulo de esta evolución delirante es el que descarta definitivamente la socialdemocracia de su fórmula. Continuará. Y todo ello amenizado con el hecho que su líder formó parte de las juventudes del Partido Popular. I que, en más de una ocasión, la formación se vio obligada a expulsar militantes que aparecían en les sus listas, por evidentes conexiones de éstos con la extrema derecha. Sin dejar de lado, su equidistancia en lo que se refiere al régimen de Franco. Todo ello bastante sospechoso.
Pero cuando sucede que un individuo o una organización política tienen más de una ideología y que éstas se contradicen, lo que sucede, en realidad, es que no en tienen ninguna. Ciudadanos sería, en este sentido, una enorme carcasa mediática vacía, que se llena de uno u otro contenido en función de las encuestas. ¿Podríamos hablar de la nueva ideología del «encuestismo»? Todo llegará. Pero, por ahora, el concepto de populismo nos sirve perfectamente para definir el fenómeno.
Queda claro, por tanto, que el partido no no se mueve en función de una idea. Su motor son estrictamente los resultados. Es una aproximación radicalmente pragmática y cínica al mundo de la política. Eso no significa que, detrás de todo, no haya una ideología política. Y probablemente, se trate de una ideología que no tiene demasiado respeto por la democracia, ya que la considera un mero instrumento para alcanzar sus fines.
Ciudadanos pasó de ser una asociación a entrar en la arena política en 2006. Desde entonces empezó a defender sus ideas en el Parlament de Cataluña. Pero fue a partir de la irrupción y crecimiento vertiginoso de Podemos, que Ciudadanos empezó a ser un partido importante. Son conocidas las palabras de un destacado empresario, hablando de la necesidad de un «Podemos de derechas»
Desde entonces Ciudadanos y Podemos pasaron a aglutinar los descontentos y recibieron el rimbombante calificativo de «nova política»
Si bien su línea ideológica fue más bien errática, una constante ha sido siempre su oposición frontal al catalanismo y el cuestionamiento del sistema autonómico. Dicho posicionamiento fue recibido por las élites conservadoras madrileñas con los brazos abiertos. Los medios de comunicación de la capital de España les daban visibilidad, presentándolos como a partido de centro-derecha joven y dinámico. Esta imagen venía favorecida por el dominio dialéctico de sus caras visibles, su juventud y su buena presencia. Algunos de ellos parecían salir de un cásting por una película de Wall Street o de la selección de personal de una multinacional cualquiera.
Con estos apoyos, la formación crecía como la espuma, hasta el punto que se decidió a dar el salto hacia la política estatal. Pero mientras en Cataluña la derecha española era prácticamente residual, en Madrid era una otra historia. Los naranjas empezaron a convertirse en un elemento incómodo, un peligroso competidor. Y ya se sabe que, con las cosas del yantar no se juega. Este hecho junto con su renuncia definitiva a la socialdemocracia, provocaron una espectacular diáspora de militantes. Y desde entonces sus encuestas no dejaron de caer.
Es una lástima, porqué tanto a nivel estatal como en Cataluña existe un electorado españolista pero tolerante, dialogante, de centro-derecha que hubiese sido fiel a Ciudadanos, si éste no hubiese abusado de la confrontación y la crispación como a medios de publicidad y hubiesen sido más coherentes. Quién sabe, tal vez el trompazo sirve para que recapaciten. Por el momento, sus votantes se los reparten PSOE, PP i Vox.
ENLACES EXTERNOS:
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Diari El Nacional, 24 febrer 2019
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La Vanguardia, 10 novembre 2019
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